Desde su nacimiento, una de las características más importante de la fotografía, ha sido su capacidad para aislar el instante y representarlo de forma fidedigna; de tal manera, que la imagen fotográfica se encuentra atada en el tiempo a su referente, del que no solo es representación, sino index; por eso, y desde el momento de su aparición, ha tenido la categoría de paradigma de la realidad visual: si una fotografía lo muestra, es que así ocurrió.
En su origen, cada fotografía lleva implícito además del “esto ha sido”, la capacidad para detener el tiempo, evitando la finitud de su referente, dotándolo de longevidad, logrando hacer persistente lo efímero.
Pedirle a la fotografía que represente lo efímero parece una contradicción. Es verdad que podemos fotografiar mínimos espacios de tiempos, instantes verdaderamente efímeros, pero desde el mismo momento en que la fotografía se apropia del referente, este queda fijado por un tiempo que puede ser tan largo como larga sea la vida del soporte donde se ha fijado. La fotografía despoja de su calidad a lo efímero, haciéndolo perdurable, fijando en el tiempo una fiel representación de ese momento.
Y es al representar la figura humana, cuando la fotografía adquiere toda su plenitud a la hora de ser impermeable al paso del tiempo, renovándose cada vez que miramos un retrato, lo que jamás se volverá a repetir existencialmente: el referente puede ya estar muerto (la vida es efímera) pero no en su imagen reproducida.
¿Pero qué pasa si al contemplar una fotografía el espectador no encuentra en el plano pictórico nada identificable?
¿Qué ocurre cuando la representación es tan imprecisa que apenas hay representación?
¿Cómo representar lo efímero sino es a través de un metáfora? |